No sé quién eres, pero por tus palabras, creo que podríamos ser amigos, o, por lo menos, personas que se respetan y se aprecian. Gracias.
sábado, 30 de septiembre de 2017
Yo quiero ser este catalán, esta persona.
No sé quién eres, pero por tus palabras, creo que podríamos ser amigos, o, por lo menos, personas que se respetan y se aprecian. Gracias.
jueves, 28 de septiembre de 2017
Nadar y guardar la ropa.
En realidad, a esas pocas palabras se reduce la vida. Aunque tengamos que cambiar las palabras según los diferentes ámbitos en que se aplica la máxima.
Siempre hay que buscar un equilibrio en todas nuestras actividades y en todos los aspectos de nuestra vida, pues son muchas las facetas que tenemos que atender.
Si nos concentramos demasiado en alguna de ellas, acabamos perdiendo de vista "la ropa", es decir, otras cuestiones, que, a falta de nuestro interés por ellas, languidecen y acaban muriendo, por lo menos para nosotros.
El justo medio, como defendía Aristóteles.
viernes, 11 de agosto de 2017
Las fuerzas de la Naturaleza y la estupidez humana.
En ocasiones es más fácil protegerse de la capacidad destructora de la Naturaleza que de la que procede de la estupidez y la brutalidad de algunos congéneres nuestros.
🙂
jueves, 6 de julio de 2017
Vocación odiosa? No, profesión.
Entonces ya no podemos desarrollar dicha vocación sólo ateniéndonos a nuestros criterios, sino que debemos adaptarnos a requerimientos de otras personas. En muchas ocasiones, la manera en que tenemos que ejercitar dicha actividad ya no nos da la satisfacción esperada.
Sin embargo, en el fondo nos damos cuenta de que, despojando la actividad de todos esos condicionantes, hemos nacido para hacer eso, nos gusta y, si queremos ganarnos la vida haciendo eso, es inevitable tropezar con esas molestias. Porque, se mire como se mire, el ganarnos la vida siempre implica relación con otras personas. Directa o indirectamente siempre se nos paga el servicio que prestamos a otro u otros.
Y el precio que se nos paga por dicho servicio prestado tiene, dentro de un rango bastante flexible (hay otros muchos factores que analizar), relación con el aprecio o interés que suscita en los demás el servicio que ofrecemos.
Es decir, la demanda que hay en la sociedad del servicio que está implícito en el ejercicio de nuestra vocación (a veces, según nuestro grado de adhesión íntima a nuestra actividad profesional, no habrá más remedio que llamarla simplemente profesión), determina el precio que le gente está dispuesta a pagar por lo que hacemos, sin olvidar el encaje entre dicha demanda y la oferta, es decir, entre la demanda del servicio y el número de personas que lo prestan, más o menos, como nosotros.
No sólo el precio, sino también las condiciones y requerimientos que condicionan la prestación del mismo, están en función de esa variable oferta/demanda.
En una palabra, si somos únicos en lo que hacemos o la gente lo percibe como tal, entonces estaremos en una posición de fortaleza, seremos muy apreciados, cobraremos lo que pidamos y nos mimarán y tratarán como reyes. Si somos del montón, si somos uno más, si no destacamos en absoluto en la materia que tocamos, entonces nuestra posición será débil, no podremos exigir ni en sueldo ni en condiciones del ejercicio de nuestra vocación-profesión. ¿Puede ser que ejerzamos una profesión bien pagada y considerada y tengamos una vocación con la que nos moriríamos de hambre? Puede ser. No sólo eso, en muchos casos así es, porque es muy frecuente que nos guste ser algo que a muchísima gente también le gusta, pero nadie nos pide o necesita nuestros servicios en ello.
Por ejemplo, a mí me hubiera gustado dedicarme a la música desde muy joven (y a muchas otras cosas), pero tenía que ganarme la vida, porque nadie me iba a mantener para siempre, y dudo que hubiese grabado algún disco, y que un número suficientemente grande de personas lo hubiese comprado.
viernes, 16 de junio de 2017
Farolillo rojo
Yo sé (quién no) lo que es estar de farolillo rojo, de ser el centro de las miradas y los cuchicheos de los demás.
Lo positivo de esas situaciones es que así puedes distinguir a la gente en la que puedes confiar, quién es solidario contigo y quién no. Todo en la vida tiene su lado positivo. La cuestión es buscarlo y hallarlo.
Pero también sé el valor de la honestidad, el esfuerzo y la perseverancia, como pilares para superar las dificultades.
Y tengo confianza en mí mismo, porque me sé poseedor de esas cualidades.
En momentos puntuales de mi vida profesional he tocado fondo (quién no), pero no ha sido ni por negligencia, ni por ser deshonesto, ni por corrupción. El negligente puede sentirse culpable, el deshonesto puede tener remordimientos, el corrupto no es independiente. Yo no me he sentido culpable, ni he tenido remordimientos y no he dependido de nadie más que de mí mismo, no ha habido quien me pudiera chantajear.
Si algo he hecho mal, trato de saber por qué y cómo solucionarlo, y me aplico con constancia a actuar sin repetir los errores, poniendo atención en cada paso, en cada actuación nueva, intentando mejorar cada día.
Y también cuento con el apoyo de mi esposa, de mis hijos, de mis amigos, de mis compañeros más fieles, que conocen mis valores y que confían en mí, y saben que no les defraudo, saben que lucho y que me esfuerzo cada día por mejorar.
En la vida real, evaluación continua.
Cuando ya estás en la vida real, trabajando con clientes, pacientes, colegas, las evaluaciones y controles que te hacían de estudiante periódicamente, ahora las pasas diariamente, a cada instante, con cada actuación tuya.
Te examinan cada día, así que tienes que pararte un minuto antes de salir a escena, y preguntarte "¿me lo sé?", "¿qué me van a preguntar hoy?", "¿me volverá a salir el mismo tema que ayer?", "¿respondí bien ayer?", "¿podía haberlo pulido un poco más?", "¡hoy lo voy a hacer mejor!".
¿Para qué, pues, pasar un examen final, si me estoy examinando cada día?
jueves, 18 de mayo de 2017
Los hijos son del mundo
Cuando nacen, creemos que los hijos son nuestros. Luego crecen y van ampliando su radio de acción, el circulo en el que se mueven es cada vez mayor, y, al final, descubrimos, si todo ha ido bien, que no son nuestros, que se pertenecen a sí mismos y al mundo de su generación.
Eso, en el mejor de los casos.
Echamos de menos a los niños que fueron, pero nos sorprenden y enorgullecen con su evolución en el mundo.