Cuando nacen, creemos que los hijos son nuestros. Luego crecen y van ampliando su radio de acción, el circulo en el que se mueven es cada vez mayor, y, al final, descubrimos, si todo ha ido bien, que no son nuestros, que se pertenecen a sí mismos y al mundo de su generación.
Eso, en el mejor de los casos.
Echamos de menos a los niños que fueron, pero nos sorprenden y enorgullecen con su evolución en el mundo.
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