viernes, 16 de diciembre de 2016

Una tragedia infinita

Cuando abres un grifo en tu casa, sale agua, si pulsas al interruptor de la luz de tu cuarto, se enciende la lámpara, si accionas el regulador de tu bombona de gas, puedes encender el fuego de tu cocina y prepararte un café o calentar la leche. Sales a la calle, y ves que la panadería de la esquina está abierta, con sus estantes repletos de pan, bollería y pasteles, más allá está el verdulero, también esperándote con sus frutas y verduras, una calle más arriba tienes el supermercado con sus estanterías a rebosar de productos. Y tú me dirás: "¿Y por qué me cuentas todo eso? Si eso es lo normal, lo cotidiano." Y, sin embargo, estamos en un país golpeado por la crisis económica en el que muchas personas y familias pasan penurias y están en situación de pobreza, en el que se organizan cada dos por tres colectas de comida para el Banco de alimentos, donde se proveen muchas organizaciones de ayuda a los más necesitados. Verdad que todo eso te suena, y que esta última parte te duele, aunque sea un poco.
Ayer, sin embargo, viendo en el televisor imágenes de Alepo y las caravanas infinitas de autobuses llevando a cabo la evacuación de miles y miles de personas. De vez en cuando se podían ver caras estupefactas de niños de corta edad, expresiones de sufrimiento en las de los adultos. Y, como telón de fondo, destrucción sin límites en una ciudad antes centro financiero de Siria, poblada por ciento de miles de personas que, como nosotros ahora, podían ver correr el agua en los grifos de su casa, calentar su comida en la cocina, leer bajo la luz de sus lámparas, salir a comprar la prensa, el pan, unos pasteles para celebrar la vida, las verduras, frutas, carne, pescado, ¡vamos!, ¡lo normal!
Esa normalidad que para ellos, estupefactos, ya no existe desde hace meses, años, que han pasado calamidades, miseria, que han visto morir a familiares por heridas de guerra o por enfermedades favorecidas por la escasez de alimentos, que han visto morir a vecinos o amigos, ante un paisaje de desolación permanente donde la crueldad se impone, y donde se pone a prueba la capacidad de bondad, de empatía, de coraje en un territorio de condiciones infrahumanas.
El gran vencedor, Bachar Al Asad, una vez derrotado sus enemigos, se erige de nuevo en gran dictador, reforzado por la victoria aplastante infligida a sus opositores. ¿Qué hace una persona cuando tiene a su rival o enemigo arrodillado delante de él y sólo le falta rematarlo? ¿Qué sentimiento invadirá el espíritu del derrotado que sabe que está en manos de su verdugo? ¿Pedirá clemencia? ¿Qué exigirá el vencedor a los vencidos? ¿Su esclavitud perpetua, como en las guerras antiguas? Al fin y al cabo, les ha perdonado la vida. La esclavitud no ha sido erradicada, no mientras no desaparezcan las guerras y las derrotas. Una humillación indescriptible la de los vencidos.
¿Adónde van los huidos o evacuados? ¿Con qué se van a encontrar? ¿Cuándo volverán a su "normalidad" anterior a la guerra?
Nosotros, los europeos tuvimos nuestras guerras del siglo veinte, sí, no hace tanto, nuestra guerra civil, más sangrienta que la de Siria, terminó hace ahora ochenta años, Hace menos, setenta y un años, terminó la Segunda Guerra Mundial, que empezó, sí, en nuestra civilizada Europa y se extendió a todo el mundo, ya que unos cuantos líderes mundiales intentaron imitar a nuestro celebérrimo Hitler, de mente preclara, que iba a poner orden en este mundo de mestizos y de bastardos. La pureza de raza era un rasgo esencial de su doctrina. La crueldad por ambos bandos fue indescriptible, la destrucción, la miseria, infinitas. Y, lo peor de todo, es que el hombre, las personas, el género humano no aprende de sus errores anteriores. La Historia, su conocimiento y su divulgación, son necesarios para quitarnos el velo y ver en toda su crudeza las consecuencias de las guerras, y llegar a la conclusión de que las personas estamos "condenadas" a convivir en paz y entendernos, y de que tenemos que crear un marco adecuado de normas para permitir la convivencia en paz, es decir, lo que llamamos enfáticamente el Imperio de la Ley.

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