martes, 18 de febrero de 2020

En toda materia hay que saber de qué se habla antes de hacerlo.

Los políticos tienen la fea costumbre de hablar y de opinar sobre todo, aunque muchas de las veces no tengan una información amplia sobre aquello de los que hablan.
En realidad podemos extender esa tendencia a todos los humanos, pues a todos y a todas nos gusta opinar sobre todo.
Sin embargo, un rasgo de modestia o de prudencia no vendría mal en los casos en que demos una opinión que no tiene por que, como es su naturaleza, estar bien fundada o cimentada. Es decir, podríamos empezar nuestra frase con un "yo creo que", u "opino que", dando a entender que no tenemos por qué estar en posesión de la verdad.
Pero el político tiene que estar seguro de sus convicciones si quiere convencer y eso le lleva a proferir opiniones cómo si de verdades infalibles se tratase.
Un ejemplo de ello se suele dar al referirse a hechos históricos, la mayor parte de las veces sin demasiado respeto a la integridad de los mismos, por un simple y comprensible desconocimiento de la Historia.
Es el caso de las afirmaciones que Xavier Vidal-Folch atribuye a Clara Ponsatí en el siguiente artículo
Catalanes y judíos
https://elpais.com/elpais/2020/02/17/opinion/1581953607_265001.html

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