viernes, 16 de junio de 2017

Farolillo rojo

Yo sé (quién no) lo que es estar de farolillo rojo, de ser el centro de las miradas y los cuchicheos de los demás.
Lo positivo de esas situaciones es que así puedes distinguir a la gente en la que puedes confiar, quién es solidario contigo y quién no. Todo en la vida tiene su lado positivo. La cuestión es buscarlo y hallarlo.
Pero también sé el valor de la honestidad, el esfuerzo y la perseverancia, como pilares para superar las dificultades.
Y tengo confianza en mí mismo, porque me sé poseedor de esas cualidades.
En momentos puntuales de mi vida profesional he tocado fondo (quién no), pero no ha sido ni por negligencia, ni por ser deshonesto, ni por corrupción. El negligente puede sentirse culpable, el deshonesto puede tener remordimientos, el corrupto no es independiente. Yo no me he sentido culpable, ni he tenido remordimientos y no he dependido de nadie más que de mí mismo, no ha habido quien me pudiera chantajear.
Si algo he hecho mal, trato de saber por qué y cómo solucionarlo, y me aplico con constancia a actuar sin repetir los errores, poniendo atención en cada paso, en cada actuación nueva, intentando mejorar cada día.
Y también cuento con el apoyo  de mi esposa, de mis hijos, de mis amigos, de mis compañeros más fieles, que conocen mis valores y que confían en mí, y saben que no les defraudo, saben que lucho y que me esfuerzo cada día por mejorar.

En la vida real, evaluación continua.

Cuando ya estás en la vida real, trabajando con clientes, pacientes, colegas, las evaluaciones y controles que te hacían de estudiante periódicamente, ahora las pasas diariamente, a cada instante, con cada actuación tuya.
Te examinan cada día, así que tienes que pararte un minuto antes de salir a escena, y preguntarte "¿me lo sé?", "¿qué me van a preguntar hoy?", "¿me volverá a salir el mismo tema que ayer?", "¿respondí bien ayer?", "¿podía haberlo pulido un poco más?", "¡hoy lo voy a hacer mejor!".
¿Para qué, pues, pasar un examen final, si me estoy examinando cada día?