martes, 14 de noviembre de 2017

Exclusión frente a integración

Cuando se tensa la cuerda al límite, cuando se fuerza la legalidad, suelen sobrevenir desgracias. En democracia, donde no se maltrata a nadie, donde imperan los derechos humanos, el respeto a las minorías y a la libertad del otro, existe un clima de integración que facilita la convivencia. Cierto que hacen falta, en algunas circunstancias, elevadas dosis de paciencia cuando uno no consigue "salirse con la suya", cuando uno considera sus tesis válidas y mejores que las de otros, pero ahí es cuando se impone la norma, la Ley, que es válida para todos y que está ahí como norma de juego, para que todos sepan a qué atenerse. En democracia las leyes se pueden cambiar, de hecho se cambian, pero siempre también de acuerdo con unas normas establecidas, y es el sistema legislativo, cuyos componentes son elegidos democráticamente, los encargados de modificarlas, para lo cual necesitan tener suficientes consensos.

El peligro viene del enconamiento en sacar adelante las propuestas, que un individuo o colectividad considera necesarias, y el empeño por hacerlo saltándose, si no hay otro camino, las normas que rigen la convivencia pacífica de todos.

El enemigo de la democracia es el extremismo, el enemigo de la pluralidad es el radicalismo. En democracia todos pueden opinar sobre las normas que rigen nuestra convivencia, pero sin dejar de cumplirlas mientras no se cambien. Todos pueden intervenir en el proceso de derogarlas o modificarlas, pero por los cauces democráticos, mediante las elecciones de los miembros del poder legislativo o mediante propuestas de Ley de la acción popular, y, mientras se espera que cambien, toca armarse de paciencia, porque la Ley no sólo afecta a uno o unos, sino a todos los ciudadanos, y, en democracia, todos los ciudadanos son iguales ante la Ley.

Todo lo que ha sacudido la tranquilidad de los catalanes y de los españoles en los últimos meses es la consecuencia de la adopción, por parte de un grupo de catalanes, de las posturas antes mencionadas. Parece que hay un atisbo de esperanza en reconducir esta situación (ver artículo "El proceso después del ‘procés’ "). A ver si aún queda sensatez y claridad de ideas en este país.

La intolerancia frente a aquel que no comparte nuestras ideas, en el marco de una determinada concepción de sociedad, suele producir fugas de talento, como, de hecho, pasó durante la dictadura. Pero eso ocurre también en democracia, cuando posturas radicales producen exclusión, como es el caso de "un profesor catalán", título de un artículo aparecido en "El País" el 20 de enero de 2018, en el que el autor, Andreu Jaume, ensalza la figura de su profesor Jordi Llovet, parcialmente marginado en su entorno profesional por no abrazar la causa nacionalista, pese a su tremenda valía y a la popularidad de la que gozaba entre sus alumnos y colegas. Que yo sepa, ni en Cataluña, ni en el resto de la España democrática, no se margina a nadie que hable en catalán, en vasco, gallego o valenciano. A mí nadie me arrincona si hablo en valenciano. Otra cosa es que alguien no me entienda, y que yo pase a hablar en castellano si tengo interés en que me entiendan quienes no lo conocen.

Cuando se producen estos desafíos, como el del "procés", suelen aparecer reacciones indeseadas, también de tono radical, en respuesta a las primeras. Es algo inevitable, que la Historia no se ha cansado de demostrar. Es interesante la charla de Albert Boadella, en este caso una intervención seria y muy fundada, no en clave de humor que es lo suyo y que es a lo que nos tiene acostumbrados, porque ése es su oficio, el de hacer reír a través de la sátira y de la parodia. Los empecinamientos suelen provocar respuestas airadas, los nacionalismos han sido causa de muerte, sufrimiento, odio, rencor, segregación, y de muchos males más del mismo tenor. Ahí tenemos la "broma" de Tabarnia, perfectamente ilustrada en diversos medios de la prensa nacional en estas semanas, pero que podría llegar a ser un asunto serio, incluso, más allá, dramático.

Algunos de los protagonistas de esta lamentable historia no se sonrojan (al parecer), ni se inmutan, ante reflexiones de mucho calado a las que invitan, como ejemplo, las duras preguntas que le hizo recientemente, al ínclito Puigdemont, la profesora Marlene Wind de la Universidad de Copenhague, en una conferencia a la que aquel fue invitado allí .



viernes, 10 de noviembre de 2017

Algo huele mal cuando pasan estas cosas...

¿Quiénes son los fascistas en la UAB? La vida del estudiante de Sociedad Civil https://www.elconfidencial.com/espana/cataluna/2017-11-10/independencia-cataluna-quien-son-fascistas-uab-universidad-autonoma-barcelona_1475347/

viernes, 3 de noviembre de 2017