Hasta las vocaciones, entendidas como dedicación o actividad elegida libremente por uno mismo y para las cuales nos sentimos natural o particularmente dotados, y atraídos porque su ejercicio nos resulta especialmente satisfactorio en comparación con otras actividades, hasta las vocaciones, repito, pueden resultarnos odiosas en algún momento si se le añaden exigencias o imposiciones externas, y eso ocurre con frecuencia cuando su ejercicio se hace en el marco de la profesión y aparecen relaciones con terceros en forma de jefes, colegas o clientes.
Entonces ya no podemos desarrollar dicha vocación sólo ateniéndonos a nuestros criterios, sino que debemos adaptarnos a requerimientos de otras personas. En muchas ocasiones, la manera en que tenemos que ejercitar dicha actividad ya no nos da la satisfacción esperada.
Sin embargo, en el fondo nos damos cuenta de que, despojando la actividad de todos esos condicionantes, hemos nacido para hacer eso, nos gusta y, si queremos ganarnos la vida haciendo eso, es inevitable tropezar con esas molestias. Porque, se mire como se mire, el ganarnos la vida siempre implica relación con otras personas. Directa o indirectamente siempre se nos paga el servicio que prestamos a otro u otros.
Y el precio que se nos paga por dicho servicio prestado tiene, dentro de un rango bastante flexible (hay otros muchos factores que analizar), relación con el aprecio o interés que suscita en los demás el servicio que ofrecemos.
Es decir, la demanda que hay en la sociedad del servicio que está implícito en el ejercicio de nuestra vocación (a veces, según nuestro grado de adhesión íntima a nuestra actividad profesional, no habrá más remedio que llamarla simplemente profesión), determina el precio que le gente está dispuesta a pagar por lo que hacemos, sin olvidar el encaje entre dicha demanda y la oferta, es decir, entre la demanda del servicio y el número de personas que lo prestan, más o menos, como nosotros.
No sólo el precio, sino también las condiciones y requerimientos que condicionan la prestación del mismo, están en función de esa variable oferta/demanda.
En una palabra, si somos únicos en lo que hacemos o la gente lo percibe como tal, entonces estaremos en una posición de fortaleza, seremos muy apreciados, cobraremos lo que pidamos y nos mimarán y tratarán como reyes. Si somos del montón, si somos uno más, si no destacamos en absoluto en la materia que tocamos, entonces nuestra posición será débil, no podremos exigir ni en sueldo ni en condiciones del ejercicio de nuestra vocación-profesión. ¿Puede ser que ejerzamos una profesión bien pagada y considerada y tengamos una vocación con la que nos moriríamos de hambre? Puede ser. No sólo eso, en muchos casos así es, porque es muy frecuente que nos guste ser algo que a muchísima gente también le gusta, pero nadie nos pide o necesita nuestros servicios en ello.
Por ejemplo, a mí me hubiera gustado dedicarme a la música desde muy joven (y a muchas otras cosas), pero tenía que ganarme la vida, porque nadie me iba a mantener para siempre, y dudo que hubiese grabado algún disco, y que un número suficientemente grande de personas lo hubiese comprado.
Entonces ya no podemos desarrollar dicha vocación sólo ateniéndonos a nuestros criterios, sino que debemos adaptarnos a requerimientos de otras personas. En muchas ocasiones, la manera en que tenemos que ejercitar dicha actividad ya no nos da la satisfacción esperada.
Sin embargo, en el fondo nos damos cuenta de que, despojando la actividad de todos esos condicionantes, hemos nacido para hacer eso, nos gusta y, si queremos ganarnos la vida haciendo eso, es inevitable tropezar con esas molestias. Porque, se mire como se mire, el ganarnos la vida siempre implica relación con otras personas. Directa o indirectamente siempre se nos paga el servicio que prestamos a otro u otros.
Y el precio que se nos paga por dicho servicio prestado tiene, dentro de un rango bastante flexible (hay otros muchos factores que analizar), relación con el aprecio o interés que suscita en los demás el servicio que ofrecemos.
Es decir, la demanda que hay en la sociedad del servicio que está implícito en el ejercicio de nuestra vocación (a veces, según nuestro grado de adhesión íntima a nuestra actividad profesional, no habrá más remedio que llamarla simplemente profesión), determina el precio que le gente está dispuesta a pagar por lo que hacemos, sin olvidar el encaje entre dicha demanda y la oferta, es decir, entre la demanda del servicio y el número de personas que lo prestan, más o menos, como nosotros.
No sólo el precio, sino también las condiciones y requerimientos que condicionan la prestación del mismo, están en función de esa variable oferta/demanda.
En una palabra, si somos únicos en lo que hacemos o la gente lo percibe como tal, entonces estaremos en una posición de fortaleza, seremos muy apreciados, cobraremos lo que pidamos y nos mimarán y tratarán como reyes. Si somos del montón, si somos uno más, si no destacamos en absoluto en la materia que tocamos, entonces nuestra posición será débil, no podremos exigir ni en sueldo ni en condiciones del ejercicio de nuestra vocación-profesión. ¿Puede ser que ejerzamos una profesión bien pagada y considerada y tengamos una vocación con la que nos moriríamos de hambre? Puede ser. No sólo eso, en muchos casos así es, porque es muy frecuente que nos guste ser algo que a muchísima gente también le gusta, pero nadie nos pide o necesita nuestros servicios en ello.
Por ejemplo, a mí me hubiera gustado dedicarme a la música desde muy joven (y a muchas otras cosas), pero tenía que ganarme la vida, porque nadie me iba a mantener para siempre, y dudo que hubiese grabado algún disco, y que un número suficientemente grande de personas lo hubiese comprado.